Mi hija María tiene 7 años y era, hasta hace unas semanas,
una niña alegre y feliz. Equilibrada. Con hábitos metódicos,
los más aconsejables para los críos: su colegio, sus juegos
por la tarde con otros niños en el parque de nuestra plaza, su
cena sobre las nueve de la noche y prontito, ya que al día siguiente
ha de madrugar, a la cama.
Pues bien, ahora mi hija María ya no es feliz: sabe que el Ayuntamiento
y otros políticos han decidido destruir el parque en el que juega
desde que era un bebé y no consigue entenderlo.
Ahora mi hija María suele asustarse un poco cuando, muchas tardes,
ve juntos a docenas de vecinos en su parque mientras hablan qué
hacer para evitar que puedan quitarlo.
Ahora mi hija María comprueba todos los días que esté
bien colocada y en su sitio la sábana blanca que tenemos colgada
en nuestra ventana, con un gran crespón negro y los dibujitos
infantiles que María, a su modo, ha hecho al pinar los árboles
que le quieren quitar.
Sí, somos unos de los numerosos miembros de la plaza de José
María Orense, que tanto ruido mete, porque ustedes los políticos
pretenden destruir un parque y jardín consolidado y con más
de 12 años de vida que es el pulmón de la zona, metido
entre grandes edificios, y el lugar de encuentro de todos nosotros.